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Guzmán de Alfarache, el canon teórico del siglo XVII y un modelo de Agudeza


La primera parte del Guzmán de Alfarache nace justo cuando muere el siglo XVI, en 1599. En realidad, estaba terminada al cabo del año 1597, aunque no será hasta el último de la centuria cuando se ponga a la venta. Como dice uno de los editores modernos, José María Micó, tardó más en imprimirse que en hacerse famosa, porque bien pronto se multiplican las ediciones legales e ilegales del texto. En 1600, Alemán prepara una versión corregida de esa primera parte, cuando las aventuras del Pícaro, como se le llamará por antonomasia, podían leerse ya en Media Europa y en el Nuevo Mundo, según puso de manifiesto Maxime Chevalier, siguiendo la estela de los libros del Conquistador: un tal Juan de Ugarte, que llega en una nave española a Vera Cruz, es registrado por los comisarios de la Inquisición, y reconoce que llevó durante el viaje, “para divertirse”, la Arcadia de Lope de Vega y el Guzmán de Alfarache.
La segunda parte aparece en los últimos meses de 1604, y para entonces el libro es ya un éxito: la crítica coincide por lo general en señalar que Alemán no sólo crea una gran obra, sino también “el gran público”. Sucede lo mismo que con la primera parte: al éxito editorial se le une la llegada al Nuevo Mundo, y otro pasajero americano, un treintañero llamado Alonso de Dassa, declara que “para su propio entretenimiento traía la Primera parte de El Pícaro, Don Quijote de la Mancha y Flores y Blancaflor”. Parece que desde bien pronto el Guzmán atrae a propios y a extraños, porque comienza a editarse, tanto en castellano como traducido a otras lenguas: al menos 37 ediciones en la lengua del imperio entre 1599 y 1641; 11 traducciones alemanas; nada más y nada menos que 69 francesas, 4 tan solo en 1639; 6 holandesas; 14 inglesas; 6 italianas y al menos una al latín, en 1652, con el título de Vitae Humanae Proscenium. Las versiones a la lengua del Lacio prueban sin duda que el Guzmán no sólo ha entrado en el canon de la literatura de entretenimiento del XVII, sino también que atrae el interés de humanistas y eruditos, como en la centuria anterior lo hicieron La Celestina, el Relox de príncipes o las Epístolas familiares de fray Antonio de Guevara, La Diana de Montemayor o el propio Lazarillo.

 


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